Un grupo de colinas con un pico que destacaba sobre todas
ellas. A simple vista no es que fuera una montaña impresionante, no… ni que
tuviera nada en especial, pero su silueta, coronando la ciudad, la hacía enormemente
atractiva para todos aquellos que somos sensibles a estos contrastes naturales.
Reconozco que nos llamó la atención de inmediato, y aunque estábamos
cansados y sabíamos que tardaríamos en llegar, solo bastó una mirada cómplice para
ponernos en marcha… Estábamos tan emocionados que el tiempo se nos pasó volando,
y sin darnos cuenta, ya estábamos a los pies de ese monte misterioso, así que sin
mirar atrás comenzamos a conquistarlo, metro a metro saboreando cada instante, sintiéndolo como nuestro, y al llegar arriba nos miramos y supimos sin dudarlo que
el esfuerzo había merecido la pena.
El
viento soplaba con fuerza y avanzaba la tarde, pero había que quedarse un
poquito más, desde ahí todo era único, no se escuchaba el tráfico ni los
gritos de la gente, solo se sentía el viento. Desde un principio teníamos claro que este
viaje iba a ser diferente, pero en ese momento supimos que habíamos llegado a
un lugar de los que ya casi no quedan, un rincón especial…
Cuenta la leyenda que hasta allí subió el mismísimo rey
Arturo, otros la llaman el asiento del
arquero, y dicen que desde su cima hacia guardia vigilando en las frías noches
de invierno… yo solo sé que allí estábamos, observando desde lo alto: el rio,
sus calles, el viejo castillo negro… desde un paraje que en aquel momento nos pareció
mágico… y quien sabe, quizás lo era.
(Una historia parece verdadera sólo cuando se cuenta como si fuera un cuento)
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