Las cosas buenas están ahí, solo hay que ser paciente y observar,
están en esos momentos fugaces, en esos detalles
inapreciables,
en lugares, en paisajes, en instantes, están en las personas.
En abrazos y caricias, en paseos y largas travesías, están
en los caminos y las sendas.
En rincones con encanto, en lugares fascinantes y en otros
peligrosos y oscuros.
En calles, en los pueblos, en las plazas y en los fuertes, en
una flor o en diminutos animales,
bajo un árbol o sentado sobre el césped, en los ríos, en los
valles…
En las altas cimas y en pequeños montes, las cosas buenas están en las
montañas.
A veces son inesperadas y vertiginosas, a veces las ves venir, otras las buscas y las
encuentras, algunas intensas y parece que nunca se van a olvidar,
otras fugaces y pasajeras
se las lleva el viento con los años, unas huelen a
campo y a tormenta, otras a costa y salitre,
otras huelen a trigo y a encina…
incluso algunas huelen a humo, a humo y a bares.
Unas suceden en primavera, otras sobre la nieve, en tu casa o junto a una hoguera, acampado o incluso en una furgoneta, descubriendo culturas, horizontes, nuevas rutas y otras bien balizadas.
Están repartidas por el mundo, en ciudades pequeñas y en grandes capitales, en países, en viajes, en aventuras y desventuras, en
praderas y pedregales.
¿Las conoces? Pues observa, que mientras el tiempo pasa
ellas aparecen y desaparecen, y mientras duren hay que aprovecharlas y luego
recordarlas… con la gente, con tu gente. Solo tienes que desearlas, ser paciente
y dejar que te atrapen.

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