Nadie lo esperaba, hacía buen tiempo, mediados de enero pero
el sol se esforzaba en buscar su hueco entre las nubes, su tacto era agradable
y nadie esperaba la tormenta…
Me pongo en marcha, perezoso, pero el día promete, las
sensaciones son buenas, esos días que apetece, esos días de invierno que tienen
más luz de la habitual, esos días que acompañan...
Y llegó de repente, sin aviso, de forma brusca y con rabia…
La lluvia contra mi cara, con fuerza, con furia, con ganas… el aire me frena,
me despeina, me pide pausa, y el frío,
sin pedir permiso me invade, me noquea, me sorprende y me deja sin ganas.
Avanzo, avanzo por inercia, por costumbre, fatigado… me pide
que abandone, que no insista, que no merece la pena, que retroceda, que quizás otro día… Pero avanzo, avanzo y apuro
el paso, avanzo y siento que toda su ira
se concentra en detenerme, pero avanzo...
No le tengo miedo, ya vino otras veces, ya lo intentó y
fracasó, sé que es más fuerte y que yo no soy nada, pero sé que de nuevo me
pone a prueba, intenta vencerme o quizás, quién sabe, intenta hacerme recordar,
la verdad es que me da aliento y siento esa sensación, me siento a su antojo,
necesario, importante, ha venido a por mí y debo afrontarlo, así que peleo y
avanzo, sin miedo y decidida la marcha...
Esta vez no duró tanto, fue rápido, solo me advertía, solo
me nombraba, intensamente pero era tan solo un susurro, solo un aviso para que
no me relaje demasiado, para saber si estoy preparado... el sol asoma de nuevo
y vuelve la calma, me siento afortunado, parece mentira que pasara tan
rápido, sin llamar y con esa rabia...
Sonrío satisfecho, se lo agradezco, su empujón, su fuerza,
su presencia… me siento protegido, me da fuerzas, noto su palmada y la necesito
de vez en cuando, ya no forcejeo, ya no se lo echo en cara, me dejo llevar, sé
que me conduce, me guía, me escolta, me acompaña…
¡El viento se levanta! Y es hora de vivir.

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